Fortuna

merakis

La fortuna ha tocado,

ha llamado a mi puerta:

repleta de canciones

que cuentan cosas buenas,

de siestas y de polvos

de polvos y de estrellas,

bendiciones de úteros,

y niños sin niñera.

La fortuna me llama,

me llama a manos llenas:

cuando cada mañana

saludo a un eurdito

barbudo, concentrado,

con ojos de tristeza,

a mujeres que gozan

con sus hijas pequeñas

y luchan porque coman

porque coman y crezcan,

y se tapen ombligos

y que nunca se enciendan.

La fortuna me abraza

entre ruidos de fiesta

chucherías y bolsas

repletas de cortezas.

Entre bellas celosas

amantes de su abuela.

Cada mañana,

todas,

una a una, me roza

la fortuna entre vidas

y llamadas y teclas.

Entre el color y rosas

de mujeres con fuerza,

cantarinas sin límite,

lobas, fieras, leonas.

Mujeres y alcaldesas.

Me roza la fortuna

entre sol o tormenta.

He debido de ser,

pienso,

una niña muy buena.

Compañeros de sombras,

de alturas y sorpresas.

 

 

 

 

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Marcel

Marcel

Ese era su nombre. Y de apellido Proust.

Me gustó porque todo lo observaba, y porque destilaba sensibilidad rayando en el dolor en cada palabra y cada silencio.

Era bien parecido, un poco serio, la barba y el bigote sin embargo le dulcificaban la cara.

Vivía inmerso en su chabola y en su mundo, al que solo unos cuantos privilegiados podían acceder. Yo no, desde luego.

No le gustaba la gente, los seres humanos, como él decía, solo algunos. Muy pocos y contados, aunque vislumbré más amor y respeto por sus iguales que otra mucha gente.

Me rozó solamente, pero su aplomo, integridad y bondad -porque supe verla-, me desbordaron.

 

 

 

 

La cuenca de mis ojos

la cuenca de mis ojos

Te puedo… acariciar con la cuenca de mis ojos,

con el ansia mudo de mis labios,

con mi hembruna manera de abrazarte.

 

Te puedo… acariciar las manos que te nacen,

tomarlas y beberlas, enjaularlas en mí,

y regarlas de búsqueda y de agua.

 

Dos locos en el ring de la inconsciencia.

Morir naciendo en otro.

 

Te puedo…

LA PUERTA

la puerta

 

¿Quién será  la última persona en la que piense cuando cierre los ojos?

¿La última imagen, el último sonido?,  ¿determinará esto el resto del viaje, si es que lo hay, al otro lado de la puerta?

¿Quien tomará por última vez su mano? ¿A quién sentirá?

¿Qué música se llevará como última melodía a la infinita resurrección?

Silencio. Nadie responde.

¿Qué palabra? ¿Qué aroma cautivará su último estertor?

 

HOMBRES DE LA VIDA

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No son míos. Pertenecen a la vida. Llevan alas incorporadas con las que volarán lejos, alto, a distintas alturas. Arriba, arriba hijos, es vuestro momento. Siempre es vuestro momento, y yo, mientras, observo cómo evolucionáis, cómo la vida os moldea y os arrastra.

Nuevos gestos, nuevas palabras, distinta voz. Se superponen a sí mismos cada día, hasta llegar a donde la misma vida quiera. Y los observo, los abrazo, los huelo. Mis niños cachorros crecen.

Progresan con cada caída, y al levantarse, ahí estaré yo, tranquila y con mirada limpia. Un halo de amor les acompaña. Pero que vuelen, que vuelen… Volad, hombres de la vida.

LOS COBARDES

los-cobardesHombres veo que de hombres

sólo tienen, sólo gastan
el parecer y el cigarro,
el pantalón y la barba.

En el corazón son liebres,
gallinas en las entrañas,
galgos de rápido vientre,
que en épocas de paz ladran
y en épocas de cañones
desaparecen del mapa.

Estos hombres, estas liebres,
comisarios de la alarma,
cuando escuchan a cien leguas
el estruendo de las balas,
con singular heroísmo
a la carrera se lanzan,
se les alborota el ano,
el pelo se les espanta.
Valientemente se esconden,
gallardamente se escapan
del campo de los peligros
estas fugitivas cacas,
que me duelen hace tiempo
en los cojones del alma.

¿Dónde iréis que no vayáis
a la muerte, liebres pálidas,
podencos de poca fe
y de demasiadas patas?
¿No os avergüenza mirar
en tanto lugar de España
a tanta mujer serena
bajo tantas amenazas?
Un tiro por cada diente
vuestra existencia reclama,
cobardes de piel cobarde
y de corazón de caña.
Tembláis como poseídos
de todo un siglo de escarcha
y vais del sol a la sombra
llenos de desconfianza.
Halláis los sótanos poco
defendidos por las casas.
Vuestro miedo exige al mundo
batallones de murallas,
barreras de plomo a orillas
de precipicios y zanjas
para vuestra pobre vida,
mezquina de sangre y ansias.
No os basta estar defendidos
por lluvias de sangre hidalga,
que no cesa de caer,
generosamente cálida,
un día tras otro día
a la gleba castellana.
No sentís el llamamiento
de las vidas derramadas.
Para salvar vuestra piel
las madrigueras no os bastan,
no os bastan los agujeros,
ni los retretes, ni nada.
Huís y huís, dando al pueblo,
mientras bebéis la distancia,
motivos para mataros
por las corridas espaldas.

Solos se quedan los hombres
al calor de las batallas,
y vosotros, lejos de ellas,
queréis ocultar la infamia,
pero el color de cobardes
no se os irá de la cara.

Ocupad los tristes puestos
de la triste telaraña.
Sustituid a la escoba,
y barred con vuestras nalgas
la mierda que vais dejando
donde colocáis la planta.

autógrafo

Miguel Hernández, 1937

Walking Around

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Me vi bajar del taxi con determinación. Entré en casa y me dispuse a hacer la cena. Mientras las pechugas se freían sin remedio, mi corazón seguía latiendo de forma frenética. Todo cuanto había sucedido en aquel espacio de tiempo me había dejado exhausta. Empecé a lavar los platos, uno detrás de otro, mas con fuerza que con velocidad. Se hubiera dicho que estaba descargando en la vajilla la rabia de unas cuantas conversaciones tensas.
De pronto suena el teléfono. Es Edurne. Llama para preguntarme cómo estoy. Le respondo que bien, que seguimos vivas y que como dice su canción preferida, nada podrá arrebatarnos  la energía y las ganas de vivir.
Me cuenta que se divorcia. Que ya no hay marcha atrás. La escucho. Pienso, mientras me habla, que nadie nos libramos de la soga de las experiencias más insospechadas. Y me viene a la mente el poema Walking Around de Neruda.
Al final nuestra conversación deriva en si vamos a ir al cine el fin de semana, o  a ver una exposición maravillosa de Hitchcok en Fundación Telefónica. Hitchcok, él también  proyecta sus más íntimos deseos y aversiones a través del arte: en sus películas se rodea de rubias que nunca podrá alcanzar, y que a su vez castiga por pretenciosas y arrogantes.
Me desplomo en el sofá rojo. Y me vienen a la mente escenas de Psicosis, Rebeca, Los Pájaros, El hombre que sabía demasiado, Encadenados…
Ya nada me encadena, pienso. Ni nadie lo hace. El pasado permanece donde debe. El presente me abraza. Sin deudas ni rémoras. En paz.
Se me cierran los ojos, y me duermo.