Me dicen que te vas

Me dicen que te vas, que te estás yendo.

Con tu carita blanca y dulce risa,

con tu alegría de nube algodonada.

Me dicen que te vas y no me explico

que esa carita alegre siga sufriendo.

Cuánto nadar entre gotas de rabia,

en el silencio inerte de la guadaña amenazante.

piscina-medicen que te vas

Braceas hasta la superficie

y sigues sonriendo como Esther Williams.

Coges aire y nos lo regalas.

bocanadas.

Y los que estamos fuera nos llenamos de tu vitalidad

 y de tu sonrisa.

De tu fuerza.

 

La que empieza a faltarte.

NIÑO DE LUZ

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Sé que existes, y que estás, y con eso me conformo para seguir viviendo en este azul de nube, añil.

Levantarte y levantarme en tu distancia próxima, siempre, a pesar de la vida y del abismo.

En tu gitana gracia me reflejo, y la luna se me asoma en tus palabras de tierno bandido.

Desesperado niño de luz, que el mundo te comes en cada bocado de tu risa.

Una gama de grises y turquesas, y blancos impecables, acompaña el camino, y te dibuja en el aire dando saltos de loco, alegre, adulto.

Y unos profundos ojos, oscuros e infinitos y llenos, me he puesto en el pecho, de collares.  

Hoy ya no siento miedo ni prisa ni vergüenza.

Una verdad tranquila te perfila, y la abrigo con cuidado y silencio, con melodía de ópera callada, con hojarasca viva, y transparente agua de río.

Los rayos de un arcoíris perfecto te balancean, y la batuta de todo en lo que te has convertido. Y  en lo que no.

Oleaje de altura hombría, espuma a cada paso. Columpios de admirado resplandor.

Es tu roce.

Y la calle del bien se escenifica, crece. Se expande entre las dunas.   

El Vínculo

No hacían falta palabras, solo una mirada entre ellos y se trasladaban en un santiamén al huerto de la abuela; en él disfrutaban viendo cómo del tallo de la flor de calabaza nacían una ristra de hilos verdes hechos tirabuzones. 

Con solo un guiño acudían de nuevo, sentados frente a frente, a las tardes en que pasaban horas jugando al ajedrez, concentrados, saboreando cada jugada;  y una, y dos partidas, y tres, y así hasta que se hacían las mil y madre les llamaba para cenar porque menudas horas eran ésas.

Solo una sonrisa fanfarrona y viajaban al momento en el que, juntos, acudieron por vez primera a una discoteca. O cuando padre les echó la charla acerca de las mujeres y el sexo. O cuando se mearon en la cama y decidieron guardar ese secreto hasta la muerte: nunca, a nadie.

Solo bastaba un gesto, una inclinación de ceja, y como un remolino lleno de luz se ponía en marcha la máquina del tiempo.

-Siempre, sabrás dónde encontrarme-, le dijo Simón a Corso, cuando se despidió de él. Fue la única ocasión en que hizo explícito, de palabra, su amor al hermano.  

Se abrazaron.

Al día siguiente Corso marchaba al otro lado del océano, a probar suerte, a buscar fortuna.  

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Hoy transitan caminos diferentes, realidades distintas, sin embargo, ese punto de unión los mantiene llenos de creencia, de esperanza: en volver a ser lo que fueron, auténticos y libres, incontaminados, sentados frente al mar, escuchando las olas y haciendo castillos en la arena.