NAZARENO

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La procesión la llevaba por dentro.

El olor a incienso le removía el estómago, y el capuchón le resultaba incómodo. Debía llevar cuidado,  el guante se le había manchado de sangre la noche anterior y tenía que disimularlo entre la vesta.

En el silencio de la noche solo escuchaba su corazón y los tambores, y de vez en cuando el trompetín anunciando la muerte de Jesús: “Lo van a matar”, “lo van matar”.

Creyentes y no creyentes se emocionaban al observar semejante espectáculo. El sonido de los nazarenos al caminar era lo único que se oía.  Habían apagado las luces de las farolas, y de las tiendas, y de las casas. Solo la luz de la luna iluminaba las calles.

Las noticias habían anunciado la repentina desaparición de varios niños. La policía se encontraba a la caza y captura de un sospechoso, y la alarma social era evidente. El pueblo respiraba miedo.

Más allá del perímetro en el que las procesiones se llevaban a cabo, un cordón de patrullas de policías custodiaba las avenidas y cruces principales.

La paz, esos días de la Semana Santa, solamente parecía encontrarse, como un bálsamo, entre el silencio de la multitud creyente.