24 Horas con Lola

Lola es grande, por fuera y por dentro, como todas las mujeres de su generación. Se recoge en trenza el cabello, y huele a limpio. Su caminar es silencioso, y me encanta escuchar el sonido de su respiración de mujer apaciguada con el cosmos. Por las mañanas observa con una delicadeza sin igual el horizonte desde la ventana de su cuarto. Allá a lo lejos descansan las montañas de su Alcarria, como pechos henchidos de orgullo por el agua y el aire. Viste sencilla, con bata blanca de algodón y manoletinas. Varios periódicos esparramados en la mesa del comedor la esperan mientras desayuna. Le gusta madrugar para comprarlos y leerlos tranquila tras su copioso ágape.

Lola tiene novio. Un hombre sencillo con el que se entiende nada más mirarse. Nicolás. A media mañana se van juntos a caminar por las calles del barrio, y luego realizan ejercicios en el parque, en esas máquinas que colocaron hace poco para personas de la tercera edad. Con Nicolás ha logrado lo impensable: no se exigen, no se dan explicaciones, no fuerzan nada, fluyen el uno en el otro, y el sexo es maravilloso cuando se encuentran. Pasan horas en silencio, acariciándose, tocándose, u observando cada uno de los pliegues de sus cuerpos. Se lamen y huelen, y disfrutan entrelazando manos y piernas, realizando piruetas casi mortales. Las carcajadas de Lola inundan la casa, se matará un día, piensa, haciendo esas monerías de loca de vodevil. Lola sabe que la edad no se mide por las arrugas. Y que las cosas duran lo que deben, sin más. Y así son bienvenidas.

A mediodía come sano, verde, como dice ella, y por las tardes disfruta escuchando música clásica, tumbada en su sillón de masaje. Le apasiona escaparse alguna tarde a ver a las amigas, o regar sus plantas, y acudir a conciertos poéticos. Y por las noches, cuando la llave gira en la cerradura de su puerta y pone el pestillo para irse a dormir, Lola siente la seguridad aplastante de tenerse. Quizás por eso sale tan guapa en las fotos.

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CARACOLA

En el colegio le llamaban Microbius. Si echa la vista atrás, no es capaz de evocar el instante justo en que a algún compañero se le ocurrió la idea de nombrarlo así. Transcurridos los años, se sigue preguntando por qué les dio por llamarle de ese modo. Qué crueles los niños se dice a sí mismo, y qué dolorosas las palabras a veces.

Sentado en la arena observa el pedazo azul de mar. Se asemeja a una foto a color: el contraste de cielo y mar resulta perfecto. Ojala pudiera recortar ese trozo de vida y enmarcarlo en la pared de casa.

En sus manos sostiene una caracola. Se la acerca a la oreja y no puede más que sorprenderse ante el milagro: otro océano azul ruge dentro del caparazón. Mientras escucha el son de ese mar escondido, le viene a la mente Natacha, la única amiga que le defendió ante el resto de niños: ¡que no se llama Microbius! ¡se llama Alejandro! ¡es mi amigo! ¡no os metáis con él!. Y pedaleaba con fuerza su bicicleta rosa.

CARACOLA

Pasados los años se reencontraron en la facultad. Luego llegó todo lo demás: el amor, el desamor, el olvido… No entiendo cómo fuiste capaz de irte y dejarme solo, con ese afán de rehacer tu vida.

Se tumbó. La arena cálida resultaba perfecta para relajarse. Colocó la caracola sobre su estómago y observó cómo se movía al ritmo de su respiración. Sube, baja, sube, baja. Cerró los ojos. Se durmió, y al rato la caracola rodó cayendo en la arena.

Soñó con bicicletas, mares templados, y con Natacha. Una sonrisa leve, casi imperceptible, se dibujó en su boca.