ICEBERG

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Blanco y radiante exhibe su logro.

Huracán de vida en serpentina azul.

 

Torbellino de albor entre

titán hembruno.

 

Botón de nácar.

 

Rey de espejos y medusas.

 

Soberano del agua,

encubridor audaz,

Goliat surgente.

 

Remolino de paz en mariposa blanca,

montaña de nieve y sal,

abanico de entrañas.

 

Nicho de sombras y cumbres.

 

Atlas henchido.

 

Aureola inmortal.

Silente.

 

Lucero infiel.

Volcán de luz.

 

Luna de plata del mar.

 

 

PABLITO

 

Nunca había visto un muerto, y la verdad, se desilusionó. Fueron tantas las expectativas que cuando se halló a solas delante de ese cuerpo rígido y un poco amarillento, se quedó que ni frío ni calor. Esperaba haberse cagado encima, encontrar algún gusano, telarañas, tornillos en las sienes del cadáver… como en las películas de zombies que había visto tantas veces. “Desde luego, menudo timo” pensó, “ya nunca más vuelvo a entrar a ver a un muerto”.

Despacio, inmerso en el desencanto, Pablito dio media vuelta. Caminó hacia la puerta absorto en su decepción,y en ese instante justo, cuando estaba a punto de salir del cuarto morturorio, fue cuando sintió el tirón de la chaqueta por detrás.  Se giró, y en esas décimas de segundo en las que su tronco volteaba, comprendió que era el último minuto de su vida.

 

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FELIPE

tiovivo

Nos separan treinta años y ahí estamos. Cuando me acerco a la parada y me presento adivino en su expresión sorpresa y un querer recordar. De nuevo el saludo de entonces, el de cada mañana y cada tarde de todos los días de la semana. Se llama Felipe, hoy lo descubro, y lo recuerdo muy parecido a como ahora lo veo. Antaño moreno y con un gran bigote oscuro, el mismo que hoy junto con una incipiente barba canosa puebla su cara. Conforme conversamos sus ojos se llenan de agua y me abraza: “claro, claro que me acuerdo de ti, pero ha pasado tanto tiempo…”

Entonces yo era una niña, camino del colegio, y él un joven hombre, el señor churrero, con su sonrisa y su paciencia, su olor a aceite, su innegable tesón, en mañanas y tardes de frío, impecable con su delantal blanco. Parece que el tiempo lo ha congelado para siempre en esa esquina donde cuida su parada con mimo y orgullo. Nos despedimos sin querer hacerlo, queriendo arrebatar el tiempo en un apretón de manos, el tic tac de los días y horas y segundos y arrugas que nos llevan, dos besos, “toma, una bolsa de cortezas para tus niños, pero cómo pagar esto, cómo pagar esto…no hay precio”, y vuelvo al presente, al aquí y al ahora.

Si no fuera por la bolsa de cortezas que sostengo en mi mano hubiera dicho que nada fue.

El cielo luce hermoso y azul. Blancas las nubes.

Y Felipe ha sido. Una pincelada, un referente, un pedazo de mi historia.