LA PALABRA

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 Las palabras se han apoderado de mi,  de mi corazón latente, de mis venas azules como canales en penumbra. Me he rendido al placer de escribirlas, de ordenarlas al son de una cadencia que me viene dada como por arte celestial. He sucumbido a sus encantos, a sus exigencias y a su magia.

     “Pinceladas en un lienzo”, pienso al equipararlas a una obra de arte. Y me viene a la mente Dalí  y su mujer asomada a la ventana. Tal vez las palabras sean solo eso, trozos de vida que escapan por la claraboya y nos dejan exhaustos o libres tras su marcha. Quizás las palabras, una vez plasmadas, actúen de elixir que oculto tras su aparente inocuidad amansa y resta dolor al alma de quien las escribe.

     Es posible, finalmente, que solo se deslicen, de puntillas, por las montañas de silencio y luz de nuestras experiencias, o por los valles ahogados de nuestros sentimientos más profundos.

     Descubro, sin embargo, la trampa del vocablo, los acantilados que disimula tras la huella inocente de la tinta. Y la misión, de aparente indiferencia, del espacio en blanco: lo que no se dice esconde tras de sí el lugar sagrado en la que todo buen lector ha de posar la vista, la inteligencia y la intuición.

     Como sea,  la palabra es fuente de vida y de muerte, de origen y destino, de amor y desamor. Nos conforma y nos significa, nos determina y nos condiciona. Invita a convertirnos en lo que nunca fuimos o nos desprende de lo que hemos dejado de ser. Nos conduce y nos libera, nos encarcela o nos atrapa en su significado.

     Como un cuchillo, como un orgasmo, o como la dulce muerte, la palabra se disfraza en cada una de nuestras acciones, según el paso, y suspira entre nosotros y con nosotros, en la sístole y en la diástole. Y en el entreacto de ambos movimientos.