Corsina

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Corsina olía los sentimientos. Tenía una enorme facilidad para saber cómo se sentían las personas nada más verlas. Con el paso de los años había aprendido a observar el alma de la gente a través de sus pupilas, de sus gestos y de sus silencios. El cuerpo habla le dijeron una vez, y sabía que era cierto. Solo era necesario estar muy atento. Quizás aprendió ese arte de su padre, que discreto y tenaz, sabía hacerse con las situaciones y las personas en un santiamén. Ella, además de oler perfumes, hogares, pieles y sentimientos olía también las emociones. Las olía al vuelo.

Su olfato, reconozcámoslo, no tenía precio.

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LA EXPOSICIÓN

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Fue colgando, con cuidado, cada una de las fotografías. Con una delicadeza extrema. La misma con la que las había hecho. La luz entraba por ventanales dispuestos de forma asimétrica en el techo. La pared blanca, inmaculada. El espacio diáfano.

Fue colocando cada imagen en el lugar en el que más claridad recibían. Una a una.

Primero la de la ventana: una silueta de mujer se dejaba entrever entre los cristales. Fue la primera en su colección. Luego la del tocador, más tarde la del espejo… Unas a color, otras en blanco y negro, verticales, horizontales. Poco a poco el lugar se inundó de tramos de cuerpos fotografiados: semi desnudos, semi arropados, pechos, cinturas, nalgas. Emanaban calor y un estudiado erotismo que llegaba a provocar a todo aquel que sabía leer en cada imagen de senos ovalados y pubis cubiertos. Sendas de cuerpos supervivientes y víctimas, al tiempo, de la pasión y el ímpetu, del sexo y  tal vez del amor.