CARTA A UN HIJO

mama con niño

Cuando te des cuenta, hijo, de lo efímero del ser, de lo minúsculo, entonces serás capaz de observar la grandeza de las cosas, de lo grandioso de estar aquí. Cuando seas capaz de entender que solo existe esto, el presente, que nada nos pertenece y que a nada ni a nadie pertenecemos, entonces, será cuando se te presente la vida más liviana.
Y si eres capaz de perdonarte, de quererte y ensalzarte en su justa medida, entonces, hijo, serás libre porque el miedo no se apoderará de ti. Pero siempre lucha, lucha con todas tus fuerzas por ser mejor persona, por hacer de ti un hombre de bien, y por que te respeten. Es el verdadero triunfo de los hombres. Y si te caes, no dudes en levantarte, y si te vuelves a caer, arriba de nuevo. Todas las veces que hagan falta.

Intenta no juzgar ni comparar, cada cual tiene su propia historia y su propia realidad, sus motivos. E importante, quiérete para poder entonces amar a los demás. No digas amén si no lo consideras y ríe, todo cuanto puedas. Llora sin miedo si lo consideras oportuno, y da explicaciones cuando creas que has de darlas. Pero no lo hagas de forma gratuita ni porque nadie te las exija. Aléjate de quien no aprecia tus triunfos y busca auténticos amigos. Sabrás reconocerlos porque transmiten paz.

Toma esta vida como lo que es. Un chiste. Graciosísimo a veces, y otras de muy mal gusto. Aprende y lee. Fórmate. Podrás entender mucho mejor lo incomprensible. Y si algún día estás desesperado recuerda que te tienes a ti mismo. Eso, no te lo podrá arrebatar nadie.

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LA LAVADORA

Asomó la cabecita al agujero. Se golpeó la frente con el vidrio y los ojos se arrimaron todo lo que la nariz chafada en el cristal permitía.

Grafaffdsf, fgragfagsfa, el ruido de la máquina lo embobaba; y la ropa, hecha una pelota dando vueltas, le divertía.

Gasfdffasfg, adfgffgfafas, y una vuelta, gsdgfsdtrefasf, fdasfdasfsff, y otra…

El cristalito empezó a llenarse de mocos y vaho, y babas.

Gdaddfrefafad, dsfdfrewgrfafd, y una vuelta, cafggrewfdsfd, dffgrrffrffdf, y otra…

Así permaneció durante tres lavadoras el niño.

-Su madre no podía dar crédito-.

La lavadora

MI BARRIO

MI BARRIO

Salí de este barrio barcelonés hace treinta años. Cualquiera lo diría. Treinta años de lluvias y olvidos.
Mi padre, pescador de la zona más pobre, nos contaba que había conseguido, a base de mucho esfuerzo y sacrificio, ahorrar el dinero suficiente para comprar una casa en él, el barrio de la Barceloneta. Nuestra casa era sencilla, limpia y llena de luz. Tras las olimpiadas del 92 el giro que la ciudad en general sufrió, y en particular nuestro barrio, fue espectacular, así que, sin esperarlo, pasamos de vivir en una barriada humilde a hacerlo en una de las zonas más demandadas y turísticas de la ciudad.
Recuerdo que me gustaba observar la ropa colgada en las ventanas, mostrando impúdicamente calzones, bragas, monos de trabajo… Paseaba por sus calles plenas de mestizaje, gentes trabajadoras la mayor parte de ellas, con olor a salitre y humedad, y perdía las horas observando a unos y a otros: mujeres entrando en los comercios, que compraban el pan, lentejas, butifarra…, hombres en la puerta de los restaurantes invitando a entrar en los locales que ofertaban menús a mejor precio que el de la competencia, viandantes deambulando por el paseo… Me encantaba observar la fauna que me rodeaba.
No disponíamos de auto, así que teníamos que ir a todas partes a pie. No sé si ese era el motivo por el que recuerdo la mayor parte de mi infancia vivida en el mismo corazón del barrio. Solo muy de vez en cuando cogíamos el metropolitano, aquello suponía una gran fiesta. Una vez montamos en el tranvía, y fuimos al Tibidabo. Pasamos el día allí, y desde lo alto, recuerdo divisar la ciudad condal. Pensé que era la más hermosa de las ciudades.
Mi hermana se fue pronto de casa, a la calle Botella, cerca de la Ronda San Pablo, una zona bastante más céntrica de la urbe. A pesar de estar bien casada, con el gerente de una fábrica de galletas, y de haber mejorado de barriada, echaba de menos nuestro comedor cuadrado y pequeño, e inmensamente acogedor.
Yo me quedé viviendo en casa hasta aprobar la oposición. Luego me vine a Murcia y me enamoré de Gladis. Hasta hoy.
Cuando vuelvo a Barcelona me asombro. La fisonomía del barrio ha cambiado, cada vez que regreso siento la punzada de haber perdido un poco lo genuino de antaño. Sin embargo, entre las calles, entre sus aceras y farolas, algo se empeña en permanecer. Pareciera que a través de sus sonidos, de sus colores y matices, se niega de alguna manera a convertirse en olvido.

EL BRINDIS

EL BRINDIS definitivo

Las tardes de domingo colocaba sus enseres encima de la cama: la blusa, la falda, las medias transparentes, la ropa interior y el pañuelo. En el suelo, los zapatos marrones. Sobre el sinfonier, justo al lado del despertador, el anillo, la pulsera y los pendientes que le regaló Roberto.

Se desnudaba despacio y continuaba el ritual, siempre el mismo: se dirigía al cuarto de baño y abría el grifo -un chorro ardiendo, humeante, iniciaba el llenado de la bañera-, la rociaba de jabón Lancaster, encendía dos velas y cerraba el pestillo de la puerta.

Aquella tarde tras desnudarse se soltó el cabello y se miró al espejo.

No le desagradaba la imagen que éste le devolvía. Su tez, una sonrisa amable y unos ojos que todo lo escudriñaban. Su cuerpo, el que tan bien conocía: no había un pedazo de él que no hubiera explorado antes. Ese cuerpo que al compás del tiempo iba envejeciendo, había llegado a adquirir hermosas formas en su madurez; se había convertido en compañero fiel, en fotógrafo de emociones plasmadas con maestría. En él quedaban detalladamente impresas todas y cada una de sus experiencias vitales: una pequeña arruga donde ayer no existió, una ojera donde antaño invadió la luz, una nueva variz, un lunar de más… el mapa de la vida se dibujaba a cada instante en cada gesto.

Al introducirse en la bañera se le erizaron cada uno de los poros de la piel. Con el calor del agua los músculos se le destensaron. Era tal el placer que deseó permanecer así durante horas.

Se masturbó.

Paz y silencio.

Pensó que la felicidad estaba hecha de retales de vida, de momentos como ese.

Sintió que todo estaba en su lugar, donde debía y de la forma que debía. Aceptó sus contradicciones, -daban respuesta a su íntima y paradójica coherencia-, y si los acontecimientos vitales se presentaban de una determinada manera y no de otra, lo serían por alguna recóndita razón que su mente no lograba alcanzar.

Amaba a sus amigos y a su familia, a los niños, a la buena gente, a sus semejantes, al sol y las estrellas, a la luna y al aire que respiraba. Amaba las insignificantes cosas que verdaderamente daban sentido y constituían el quid de la existencia.

Se tapó la nariz, cerró los ojos y metió la cabeza dentro del agua. Tras sacarla se irguió, y con una amplia sonrisa salió de la bañera. Se envolvió el cabello en una toalla y frente al espejo, en ademán parecido a un brindis, se dijo sonriendo: ¡por la vida!