Familia Numerosa

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Se pasaban las horas jugando a las canicas, y a las chapas, y a los cromos de picar. Madre no se cansaba de observarlos. Disfrutaba al verlos divertirse jugando a esos  juegos de toda la vida. Dejaban a un lado los juguetes comprados por la abuela o los tíos, y montaban castillos con las cajas. O la hoja de instrucciones se convertía en un improvisado barco, o en un moderno coche. Madre no podía evitar pensar en el gasto inútil: “a la próxima les diré que nada de gastar dinero, nada de tirar la casa por la ventana. No tiene sentido”. Y tenía razón, los niños disfrutaban con la comba, el parchís, el tres en raya, y como no, haciéndose cosquillas o persiguiendo al monstruo de las galletas (que era mamá con el pelo despeinado tapándose parte de la cara). Acabar riendo juntos, los tres, en la cama, hechos un ovillo era el mejor premio. “Los niños se alimentan de amor”, me repetía siendo ya adulta. Cariño y una alimentación saludable, eran suficientes para verlos crecer felices y satisfechos. Y la verdad, madre, que era muy sabia, no andaba muy equivocada en sus apreciaciones. Lo cierto es que no podíamos quejarnos, la vida nos había tratado más que bien. Sobresaliente. Ser desagradecidos hubiera sido de ingratos. Quizás por ese recuerdo agradable de mi infancia  no dudé en espetarle a Jose Alberto, la noche en que se fue la luz, que quería tener familia  numerosa, y que esa noche, sí o sí, procreábamos, como que me llamaba Irene. A Jose Alberto se le pusieron los pelos de punta ante mi propuesta: se negó en rotundo. Sin embargo, unos arrumacos y unas palabras adecuadas hicieron que sus propósitos se desvanecieran en un santiamén. No opuso resistencia.

Tuvimos cinco niñas y dos varones.

 

 

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