TAUROMAQUIA

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(Quiebro)

Me apena,

me entristece tu silencio abarrotado,

tu aversión febril a lo que intuyes,

a lo que, fruto de tu vivir,

destilas de mis letras.

(Estocada)

Acepto y tomo.

(Chicuelina y Verónica)

No sabrás querido Inés,

lo que omiten mis palabras,

mi verbo revuelto y torpe.

Lo que vela mi pozo desasosiego,

mi búsqueda de luz, mi umbral.

Todo un cosmos subyace a mis vocablos,

una revolución de fábulas y mitos.

Una migraña de verdades absolutas.

Un volver a nacer después de haber nacido.

-Ni un ápice te importa, lo sé,

pero es tu motín revuelta de mi espíritu-. 

(Farol)

Huiste, sin más,

sin dilación ni escrúpulo.

-Me da igual en lo que te convertiste-.

Incipiente pantalla,

espejo deforme de una realidad

con fecha de salida.

Tan claro y cristalino tu mensaje,

como el agua que te bebe cada día. 

(La Navarra)

Escribo al aire rotundo que

me embriaga,

al aire que me falta,

y al que anhelo.

Porque lo necesito.

Te busqué entre cortinas de palabras,

y entre afectos perdidos de manantial de

orgullo.

Y te hubiera regalado hasta el

último átomo de este pensamiento

loco y recogido,

hasta la última gota de lo que fui,

de lo que estoy parida.

Y el soberbio camino que me ampara.   

-Ni te giraste para despedirme-. 

(Querencia)

Y no soy quien quieres, Inés,

soy quien soy,

y cuánto me apena cruzarte

sin verte apenas.

Sin que mires

ni abras la costura de mi ciénaga.

-Despecho fue mi nombre-.

Porque del mismo modo

que me niegas yo te tomo.

Así de inevitable.

(Pase cambiado)

Tu puntilla con mudez,

se convierte en el mejor reclamo.

-Debieras saberlo, trovador de aire-.

Hombre de luces, torero infame,

matador de infértil lance.  

(Fiesta Taurina)

La libertad nos ampara.

Tu pensamiento, Inés.

El mío.

Opuestas reses. 

No podrás arrebatarme

cuanto vive en los anexos de

mi mente loca de cordura.

Cuanto existo y amo.

Con bravura y templanza,

con apasionado brío.

-Con doloroso ímpetu vital-.

Trabaste en mis ventanas

cristales ensogados.

Anudaste mis pies. 

-Golpe de astado-.

Mas no podrás devaluar la luz

de mi sentir,

ni mi pecho henchido,

ni las palabras que te entrego

con alma de arrebato .

No podrás dejar de ser,

-de momento-,

fuente de vida de mis letras,

palmera y dátil,

licor de vid.

Agua de aire atormentado.

 

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Tándem

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Les conocí y eran igual de azul y agua

Transparente, burbuja

Llenos de savia y vida

Llenos de sabia

 

Entonces la bondad se les caía de los bolsillos

Y un aire nostálgico de inocencia niña

 

Contaban los días y las historias,

Y nada material les sostenía,

Aire y colores,

Y máquinas de empuje

envueltas en humor y carcajadas.

 

La vela en esas manos que trabajan,

Y el milagro en su luz,

 

Azul y amarillo,

Anaranjado,

 

Y los sueños despiertan

para darles las gracias.

 

La pasión se levanta,

y ojala permanezca

-en pie y serena-,

firme y bonita

cada mañana.

 

Llenos de savia y vida,

Llenos de sabia,

Transparente, burbuja,

Azul y agua.

La Plaza

caballos

 

Llega mayo,

y el toro se dispone

en la plaza

-arrogante y viril-

a matar al enfundado

hombre de luces.

 

En la sombra

los caballos aplauden

la sangre y el

éxtasis taurino.

 

La tierra de la plaza

se mastica

y en silencio

espera la sonada de trompeta.

 

Tambores y pañuelos

de blanco enloquecido

sostienen en lo alto

la vida del astado.

 

Cielo y sol,

sudor, más sangre.

 

La plaza engalanada

recibe el pasodoble.

 

El mihura brilla, negro,

con ojos de tristeza,

avergonzado.

 

La sangre te mereces

altivo hombre,

-la sangre y la vergüenza-

hincada en tu costado.

 

 

 

 

 

Me inspira Girondo

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Se ilumina, se adolece,

se castiga, se presiente.

Se amortigua, se retiene,

se autoriza, se padece.

Se desliga, se desnuca,

se somete, se triplica.

Se enrarece, se consiente,

se retumba, se resiente.

Se imagina, se lubrica,

se amontona, se arrepiente.

Se anticipa, se destripa,

se acomete, se culmina.

Se proyecta y se sostiene,

se desliza, se oscurece.

Se suspira, se detiene,

se evapora y se termina.

La historia de Yan

Eran felices sin saberlo.

Se quisieron siempre, en el silencio y con ruido, y de forma aterciopelada.

El volcán de la vida los mantuvo separados pero sus almas eran siamesas y ávidas la una de la otra. El camino les sorprendía una vez más. Cada piedra encontrada, cada grano de arena tomaba un significado que entendían solo ellos.

Iniciaron la telepatía y se reían a escondidas del mundo y de cuantas cosas se consideraban importantes. Movían, con su pensamiento, objetos y muebles, y eran capaces de adivinarse palabras y lugares.
Sudaban al amarse, porque emprendían ese camino que tan bien conocían, teñido de orgasmos y gemidos, de palabras calmas y besos, de delicadas historias.
Dormían en lechos diferentes, en ciudades diversas, cada vez en una distinta, pero la luz de sus palabras les acompañaba en cada acera, en cada cristal de las lunas de los escaparates.
El olor del otro estaba impregnado en los volantes de los vestidos, en el puño de las camisas, en el hilo blanco de la ropa interior.
Los encuentros, si los habían, simulaban fuegos artificiales, conciertos de rock, aplausos.
A veces decidían no conocerse, y entonces el vértigo del inicio con sus mariposas los envolvía. Otras se encontraban con lo que eran, desnudos, dos auténticos locos.
Inventaban historias y comedias, y silencios largos que les apaciguaran.
Cuando ella se fue la noche se tornó densa. Las arrugas se instalaron en el corazón de Yan, y el hilo blanco solo olía a incienso.
Los escaparates reflejaban su rostro ajado y el silencio que antaño amó solo acritud.
A Yan se le habían escapado todas las mariposas.
Y sin saberlo, envejeció.

Jaume

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Pensė, tras conocerlo, que representaba a la perfección el exceso y el egocentrismo, la vanidad en persona.
Parecía un actor antiguo, con sus iluminados dientes e impecable americana beige.
Según me contaba había ejercido puestos de poder y estaba acostumbrado a mandar.  Era la viva imagen de la prepotencia y el engreimiento. Jaume el condescendiente.
Destilaba cultura e inteligencia, y sobrada experiencia en aspectos  de la vida que llamaban mi atención.
Estaba segura de que sus ojos habían visto cosas y personas que yo jamás podría alcanzar o ver, y saber que se movía en espacios y situaciones ajenas a mi mundo me excitaba, despertaba mi curiosidad. Extrañamente, y a pesar de todo lo que me repelía o alejaba de él, había algo indescriptible que me arrojaba a su lado y desearle. Era capaz de ver su desnudez, sin brillos y sin escaparate alguno, oler al hombre e intuirlo.
Sin embargo, me encontraba ante un seductor profesional, ante un don Juan manipulador y apetitoso de mente privilegiada.
Algo me decía que debía pasar amablemente de página, así que decidí hacer caso a mi voz interior y, como vulgarmente se dice, le di giro.
Ahora, en perspectiva, me resulta claro y cristalino: Jaume solo se amaba a sí mismo. A él y a sus supuestos logros: sus conquistas, su dinero, su inteligencia, su estatus, su poder…  Tenía el ego demasiado grande como para ver que hay un otro. Una otra, en este caso.

Y fueron felices y comieron perdices.