Teniendo un por qué

 

Husmea el cielo, y a pesar de que sabe que no existe, intenta hablar con dios.

Por eso la ventana está abierta siempre.

 

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La historia de Yan

Eran felices sin saberlo.

Se quisieron siempre, en el silencio y con ruido, y de forma aterciopelada.

El volcán de la vida los mantuvo separados pero sus almas eran siamesas y ávidas la una de la otra. El camino les sorprendía una vez más. Cada piedra encontrada, cada grano de arena tomaba un significado que entendían solo ellos.

Iniciaron la telepatía y se reían a escondidas del mundo y de cuantas cosas se consideraban importantes. Movían, con su pensamiento, objetos y muebles, y eran capaces de adivinarse palabras y lugares.
Sudaban al amarse, porque emprendían ese camino que tan bien conocían, teñido de orgasmos y gemidos, de palabras calmas y besos, de delicadas historias.
Dormían en lechos diferentes, en ciudades diversas, cada vez en una distinta, pero la luz de sus palabras les acompañaba en cada acera, en cada cristal de las lunas de los escaparates.
El olor del otro estaba impregnado en los volantes de los vestidos, en el puño de las camisas, en el hilo blanco de la ropa interior.
Los encuentros, si los habían, simulaban fuegos artificiales, conciertos de rock, aplausos.
A veces decidían no conocerse, y entonces el vértigo del inicio con sus mariposas los envolvía. Otras se encontraban con lo que eran, desnudos, dos auténticos locos.
Inventaban historias y comedias, y silencios largos que les apaciguaran.
Cuando ella se fue la noche se tornó densa. Las arrugas se instalaron en el corazón de Yan, y el hilo blanco solo olía a incienso.
Los escaparates reflejaban su rostro ajado y el silencio que antaño amó solo acritud.
A Yan se le habían escapado todas las mariposas.
Y sin saberlo, envejeció.

Jaume

jaume

Pensė, tras conocerlo, que representaba a la perfección el exceso y el egocentrismo, la vanidad en persona.
Parecía un actor antiguo, con sus iluminados dientes e impecable americana beige.
Según me contaba había ejercido puestos de poder y estaba acostumbrado a mandar.  Era la viva imagen de la prepotencia y el engreimiento. Jaume el condescendiente.
Destilaba cultura e inteligencia, y sobrada experiencia en aspectos  de la vida que llamaban mi atención.
Estaba segura de que sus ojos habían visto cosas y personas que yo jamás podría alcanzar o ver, y saber que se movía en espacios y situaciones ajenas a mi mundo me excitaba, despertaba mi curiosidad. Extrañamente, y a pesar de todo lo que me repelía o alejaba de él, había algo indescriptible que me arrojaba a su lado y desearle. Era capaz de ver su desnudez, sin brillos y sin escaparate alguno, oler al hombre e intuirlo.
Sin embargo, me encontraba ante un seductor profesional, ante un don Juan manipulador y apetitoso de mente privilegiada.
Algo me decía que debía pasar amablemente de página, así que decidí hacer caso a mi voz interior y, como vulgarmente se dice, le di giro.
Ahora, en perspectiva, me resulta claro y cristalino: Jaume solo se amaba a sí mismo. A él y a sus supuestos logros: sus conquistas, su dinero, su inteligencia, su estatus, su poder…  Tenía el ego demasiado grande como para ver que hay un otro. Una otra, en este caso.

Y fueron felices y comieron perdices.

 

 

 

Fortuna

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La fortuna ha tocado,

ha llamado a mi puerta:

repleta de canciones

que cuentan cosas buenas,

de siestas y de polvos

de polvos y de estrellas,

bendiciones de úteros,

y niños sin niñera.

La fortuna me llama,

me llama a manos llenas:

cuando cada mañana

saludo a un eurdito

barbudo, concentrado,

con ojos de tristeza,

a mujeres que gozan

con sus hijas pequeñas

y luchan porque coman

porque coman y crezcan,

y se tapen ombligos

y que nunca se enciendan.

La fortuna me abraza

entre ruidos de fiesta

chucherías y bolsas

repletas de cortezas.

Entre bellas celosas

amantes de su abuela.

Cada mañana,

todas,

una a una, me roza

la fortuna entre vidas

y llamadas y teclas.

Entre el color y rosas

de mujeres con fuerza,

cantarinas sin límite,

lobas, fieras, leonas.

Mujeres y alcaldesas.

Me roza la fortuna

entre sol o tormenta.

He debido de ser,

pienso,

una niña muy buena.

Compañeros de sombras,

de alturas y sorpresas.

 

 

 

 

Marcel

Marcel

Ese era su nombre. Y de apellido Proust.

Me gustó porque todo lo observaba, y porque destilaba sensibilidad rayando en el dolor en cada palabra y cada silencio.

Era bien parecido, un poco serio, la barba y el bigote sin embargo le dulcificaban la cara.

Vivía inmerso en su chabola y en su mundo, al que solo unos cuantos privilegiados podían acceder. Yo no, desde luego.

No le gustaba la gente, los seres humanos, como él decía, solo algunos. Muy pocos y contados, aunque vislumbré más amor y respeto por sus iguales que otra mucha gente.

Me rozó solamente, pero su aplomo, integridad y bondad -porque supe verla-, me desbordaron.

 

 

 

 

La cuenca de mis ojos

la cuenca de mis ojos

Te puedo… acariciar con la cuenca de mis ojos,

con el ansia mudo de mis labios,

con mi hembruna manera de abrazarte.

 

Te puedo… acariciar las manos que te nacen,

tomarlas y beberlas, enjaularlas en mí,

y regarlas de búsqueda y de agua.

 

Dos locos en el ring de la inconsciencia.

Morir naciendo en otro.

 

Te puedo…

LA PUERTA

la puerta

 

¿Quién será  la última persona en la que piense cuando cierre los ojos?

¿La última imagen, el último sonido?,  ¿determinará esto el resto del viaje, si es que lo hay, al otro lado de la puerta?

¿Quien tomará por última vez su mano? ¿A quién sentirá?

¿Qué música se llevará como última melodía a la infinita resurrección?

Silencio. Nadie responde.

¿Qué palabra? ¿Qué aroma cautivará su último estertor?