ADONIS

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Adonis

El disparo fue certero.

Quedaron en él recogidos toda la suntuosidad que el músculo imprime, la belleza insolente de un Adonis, los rasgos hieráticos, la altanería. La perfección engreída y el encanto natural de lo agraciado. Una combinación de matices que ni la paleta del más experto pintor podría haber reflejado con tanta exquisitez.   

-Hemos acabado la sesión- dijo la fotógrafa –puedes vestirte. Adiós-.

El joven obedeció.

En silencio el muchacho cubrió sus genitales con un boxer y su torso desnudo con una camiseta blanca de tirantes. Prosiguió colocándose el resto de la ropa: unos vaqueros, la camisa, un jersey de lana verde, calcetines y mocasines.

Daniel se sentía incómodo. Miraba a Ana de reojo, pero no encontró en su mirada ni un ápice de complicidad.

De un portazo cerró la puerta. Desde que le confesó que se había enamorado de una chica de su edad, Ana ya no le dirigía la palabra, solo para lo estrictamente profesional.

 

Tras el portazo Ana se desplomó y rompió a llorar como una niña. Entre sollozos musitó:

-Hijo de puta.

Adonis