CLÍTORIS

clitoris

Almendra en flor,
nube de orgasmo de locura,

caracol tardío.

Caliente piñón

entre yemas de alfombra,

oscura gruta de luz llena,

vértice al placer.

Esdrújula que conectas,

con la madre tierra al universo.

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Un trozo invisible de este mundo

 

Un trozo invisible de este mundo, de Juan Diego Botto. (4 premios Max).

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Removió mi conciencia y mi comodidad en el asiento, logró aflorar un sentimiento de vergüenza colectiva y el descreimiento apabullante en la especie. Al tiempo, sin embargo, un hilo fino e intangible de esperanza nos iluminaba.

Nos hizo ver que la historia puede contarse desde muchos prismas, u omitirse, como moneda de cambio y doble cara.

Sostuvimos la respiración y el llanto y la impotencia al vivir la tortura de un prisionero argentino, el turquito, en la escuela de mecánica de la armada, y entendimos, mejor que nunca, que los desgarros emocionales, más allá de los físicos, no pueden ni deben quedar en el olvido.

Vivimos la odisea del exiliado; el kafkiano desencuentro del emigrante con una tierra que ni lo pare ni lo admite, donde tantas veces es rechazado sin compasión, con saña, con la “merecida” justificación de mantener el orden establecido.

Nos agarró del cuello e hizo que viéramos, que viviéramos desde debajo de la mesa, desde el prisma de los invisibles, realidades espeluznantes que nos pasan por al lado, día a día,

-día a día-.

Realidades que nos rozan, nos tocan, e ignoramos -o queremos ignorar- desde nuestra ciega y sibilina comodidad. 

Exiliados, emigrantes, sin techo, sin papeles. Sin una maldita oportunidad. En este maldito supuesto primer mundo. Sin más opción que la de huir del hambre o la muerte. 

Nos acorraló en el rincón más nítido, en ese en el que no nos podemos engañar para escupirnos a la cara en qué nos estamos convirtiendo, o qué no hemos dejado nunca de ser, o cuáles son los supuestos teóricos filosóficos, morales, políticos, religiosos que nos hemos creído “a pies juntillas” para justificar la barbarie con normalidad de sofá.

Familia Numerosa

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Se pasaban las horas jugando a las canicas, y a las chapas, y a los cromos de picar. Madre no se cansaba de observarlos. Disfrutaba al verlos divertirse jugando a esos  juegos de toda la vida. Dejaban a un lado los juguetes comprados por la abuela o los tíos, y montaban castillos con las cajas. O la hoja de instrucciones se convertía en un improvisado barco, o en un moderno coche. Madre no podía evitar pensar en el gasto inútil: “a la próxima les diré que nada de gastar dinero, nada de tirar la casa por la ventana. No tiene sentido”. Y tenía razón, los niños disfrutaban con la comba, el parchís, el tres en raya, y como no, haciéndose cosquillas o persiguiendo al monstruo de las galletas (que era mamá con el pelo despeinado tapándose parte de la cara). Acabar riendo juntos, los tres, en la cama, hechos un ovillo era el mejor premio. “Los niños se alimentan de amor”, me repetía siendo ya adulta. Cariño y una alimentación saludable, eran suficientes para verlos crecer felices y satisfechos. Y la verdad, madre, que era muy sabia, no andaba muy equivocada en sus apreciaciones. Lo cierto es que no podíamos quejarnos, la vida nos había tratado más que bien. Sobresaliente. Ser desagradecidos hubiera sido de ingratos. Quizás por ese recuerdo agradable de mi infancia  no dudé en espetarle a Jose Alberto, la noche en que se fue la luz, que quería tener familia  numerosa, y que esa noche, sí o sí, procreábamos, como que me llamaba Irene. A Jose Alberto se le pusieron los pelos de punta ante mi propuesta: se negó en rotundo. Sin embargo, unos arrumacos y unas palabras adecuadas hicieron que sus propósitos se desvanecieran en un santiamén. No opuso resistencia.

Tuvimos cinco niñas y dos varones.

 

 

EL VUELO

El vuelo
Esta soledad infinita
que me acompaña,
bajo la sombra
de un abedul gris
de honra y hambre
y experiencia humilde.
Te la regalo.
Ni un paso en falso,
ni uno más.
En este vuelo de plural estío.
Da igual lo que decida la sien
del árbol del olvido.
Ni lo que su derramada
libertad
-en arrojo constante-,
otorgue.

Minientrada

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 Noviembre Sostenido

Le dueles a la vida

en tu noviembre sostenido.

En el mar de tu blanco otoño,

y en tu almendro de boca

en primavera.

 

Le dueles a la vida

en tu júbilo de paz

y en las hondas estelas de tus pasos.

En el milagro claro de tu voz

y en la risa fresca de tu aurora.

 

En el silencio de tu noche oscura,

y en la blanca franja de tu dicha.

En tu ausencia salvaje y

en el desgarro ausente

de tu vuelo al olvido.

 

Y en la pálida muerte. 

Le dueles, mujer.

Porque le haces sombra.

 Le dueles, mujer.

En tu calmo noviembre.