Aurora e Iris

Aurora e Iris

Se llama Jaime.

No le gustaba que le llamaran Jaimito. Siendo niño tuvo varias peleas por eso.  Era una manía: asociaba Jaimito al protagonista de los chistes facilones de la escuela, y no le agradaba. Así que a bofetón limpio logró que le llamaran Jaime, a secas.

Le gustaba jugar a fútbol. No lo hacía mal. Era delantero de los buenos. Todas las mañanas de los sábados su madre le preparaba un bocadillo de chorizo y tomate con aceite, un cola cao y un zumo de naranja. Es el desayuno ideal para los deportistas, hijo, le decía siempre con esa voz que todavía recuerda. Es verdad que después las calorías las quemaba en un santiamén, en esos partidos  en los que se dejaban piel y alma corriendo de un lado al otro del campo, con tal de alojar el balón en la portería.

Aún ahora recuerda a su madre: el olor, los abrazos, las sonrisas. Nunca una mala cara, nunca un gesto de desaprobación, al contrario. Siempre encontró en ella el apoyo discreto y desinteresado del amor puro. Sin condiciones ni precio. Su muerte lo hundió en la depresión.  Vamos Jaime, vamos, hay que salir adelante, le insistía una noche de lluvia su hermano Anastasio, sentado a su lado en la cama del hospital psiquiátrico. Has de salir de esta como sea, la vida continúa, Jaime Martínez Logrado. Y a pesar de sonarle lejana, perdido en su infierno de angustia, la voz de su hermano nombrándole por nombre y apellidos lo retrotraía a una infancia llena de juegos y camaraderías entre ambos.  Y la luz se hizo.

Al mes, gracias al milagro de su voluntad, la terapia y la medicación,  Jaime resurgió como el ave fénix.

Entonces, después, vino todo lo demás, de golpe, como por efecto dominó: conocer a Marta, enamorarse, pedirla en matrimonio, y las gemelas. Sin dudarlo, a una de ellas le puso de nombre Aurora, como la abuela, y a la otra Iris, como la diosa mitológica, anunciante del fin de la tormenta y de la aparición del arco multicolor.

No puede más que darles besos y mordiscos a ese par de muñecas que lo vuelven loco. Ahí las tiene, hechas dos bolas, trasteando el teclado del piano.  Su piano, el que tanto ama y con el que ha tocado las melodías más hermosas: ahora es carne de cañón en manos de sus niñas.

Pero qué más da, qué mas da, piensa. El sol luce, hermoso, en la habitación.

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LLENARÉ

llenaré

Llenaré, por supuesto que llenaré de furia y lágrimas montañas,
y mares y canales y pantanos
y enteros
reyes soles.

Llenaré de vida y de dolor,
la rabia de mis ojos.
De pasión y pena
si hace falta.
Y de palabras claras
y de altura.

De no caída ante lo que venga.
De no flaqueza.
De no arrepentimiento ni un asomo.
Llenaré mi vacío de flores y de amigos y de hijos y de fiestas y de amparos de otros campos.
Llenaré toda la tierra mía.
Toda la parte que me falta.
Toda la savia que me enjundia.

Volveré a llenarme aunque me muera,
aunque me destroce dando la partida.
Desandaré lo andado tantas veces y con orgullo,
y llena mi mochila
seguiré el camino sonriendo.
Entre veredas blancas y habaneras.

No guardaré rencor porque no pudo
mi corazón librado en tu batalla,

-azul entretejido-

mirarte allá a lo lejos amor de barco y ola,
sin nacerse.

Sabiéndose vencido.

LECCIONES DE AMOR REBELDE CON JEAN-PAUL SARTRE Y SIMONE DE BEAVOUR

Publicado el 05 de marzo de 2014 en la categoría: Arte y Cultura

SARTRE BEAVOUR
La pareja atravesó por muchas vías, esquemas, tabúes y tradiciones hasta encontrar el modo de amarse que les era propio: ese donde uno “simplemente” es con el otro.

Jean-Paul Sartre y Simone De Beauvoir formaron una de las amalgamas filosóficas y relacionales más sólidas y legendarias del siglo XX. Nuestra cultura tiende a sacralizar y buscar ídolos ahí donde existen anomalías, alteridades irreconciliables; así pues, a pesar de las biografías y los documentales que dan cuenta de la naturaleza de la relación entre ambos filósofos, el testimonio más palpable de una disciplina del amor la encontramos en las cartas de Witness to My Life: The Letters of Jean-Paul Sartre to Simone De Beauvoir, 1926-1939.

La fórmula “relación abierta” es una simplificación grosera del tipo de pacto que unió a Sartre y De Beauvoir durante la mayor parte de sus vidas: fue sobre todo un tipo de acuerdo de mutuo respeto y admiración, además de una amistad que resistiría las pruebas del tiempo y se nutriría de todas las vicisitudes. Un “romance” en el sentido antiguo tampoco podría dar cuenta de su vínculo: sus cartas no revelan la urgencia del amante que seduce, sino del compañero que se presenta lo más transparente que puede frente al otro, como sólo haría frente a sí mismo.

A los 24 años, Sartre escribió la siguiente carta a Simone (a la sazón de 21), luego de que ella rechazara casarse con él:

Mi querida chiquilla

Por mucho tiempo he querido escribirte por la tarde luego de esas salidas con amigos que pronto estaré describiendo en “A Defeat”, del tipo donde el mundo es nuestro. Quise traerte mis alegrías de conquistador y postrarlas a tus pies, como hacían en la Era del Rey Sol. Y luego, agotado por el griterío, siempre me iba simplemente a la cama. Hoy lo hago para sentir el placer que tú aún no conoces, de virar abruptamente de amistad a amor, de fuerza hacia ternura. Esta noche te amo en una manera que aún no conoces en mí: no me encuentro ni agotado por los viajes ni envuelto por el deseo de tu presencia. Estoy dominando mi amor por ti y llevándolo hacia mi interior como elemento constitutivo de mí mismo. Esto ocurre mucho más a menudo de lo que lo admito frente a ti, pero rara vez cuando te escribo. Trata de entenderme: te amo mientras prestas atención a cosas externas. En Toulouse, simplemente te amaba. Esta noche te amo en una tarde de primavera. Te amo con la ventana abierta. Eres mía, y las cosas son mías, y mi amor altera las cosas a mi alrededor y las cosas a mi alrededor alteran mi amor.

[…]

Te amo con todo mi corazón y toda mi alma.

Fuente: entretantomagazine