ECHAR TIERRA

 

Echar tierra, me pides,

y sacos de cemento te regalo.

Surcar olvido,

y mientras

el pecho apagado se desluce.

Imagen

Silenciar, olvidar, ignora.

Poner puertas al mar de mis

entrañas. 

 

Herida azul para enterrar

que un día caminaste entre

sostenes de alfiler y aire.

Anuncios

Un trozo invisible de este mundo

 

Un trozo invisible de este mundo, de Juan Diego Botto. (4 premios Max).

Imagen

Removió mi conciencia y mi comodidad en el asiento, logró aflorar un sentimiento de vergüenza colectiva y el descreimiento apabullante en la especie. Al tiempo, sin embargo, un hilo fino e intangible de esperanza nos iluminaba.

Nos hizo ver que la historia puede contarse desde muchos prismas, u omitirse, como moneda de cambio y doble cara.

Sostuvimos la respiración y el llanto y la impotencia al vivir la tortura de un prisionero argentino, el turquito, en la escuela de mecánica de la armada, y entendimos, mejor que nunca, que los desgarros emocionales, más allá de los físicos, no pueden ni deben quedar en el olvido.

Vivimos la odisea del exiliado; el kafkiano desencuentro del emigrante con una tierra que ni lo pare ni lo admite, donde tantas veces es rechazado sin compasión, con saña, con la “merecida” justificación de mantener el orden establecido.

Nos agarró del cuello e hizo que viéramos, que viviéramos desde debajo de la mesa, desde el prisma de los invisibles, realidades espeluznantes que nos pasan por al lado, día a día,

-día a día-.

Realidades que nos rozan, nos tocan, e ignoramos -o queremos ignorar- desde nuestra ciega y sibilina comodidad. 

Exiliados, emigrantes, sin techo, sin papeles. Sin una maldita oportunidad. En este maldito supuesto primer mundo. Sin más opción que la de huir del hambre o la muerte. 

Nos acorraló en el rincón más nítido, en ese en el que no nos podemos engañar para escupirnos a la cara en qué nos estamos convirtiendo, o qué no hemos dejado nunca de ser, o cuáles son los supuestos teóricos filosóficos, morales, políticos, religiosos que nos hemos creído “a pies juntillas” para justificar la barbarie con normalidad de sofá.

EL ARREBATO

En la oscuridad del escenario nada se escucha.

El público espera, expectante, en sus butacas.

Amanece una guitarra española.

Y le sigue, trajeado de volantes blancos y rojos un chorro de nervio y arte.

Los dedos, como caracolillos, se enervan con la fuerza y el ritmo de un son aflamencado sentido y orgulloso. Las piernas, poderosas, descargan con ímpetu piel morena y gitana, sudor de hembra, desgarro, y un cante profundo y misterioso que ilumina la sala, y la enmudece.

Agarra la gitana con descaro la cola del vestido, lo toma, lo deja, vuelve a tomarlo. Enseña muslo y brío y taconeo, adelante, detrás. Moviendo las caderas la sombra se le escapa. Brillan sus ojos, y el pelo negro, recogido en moño bajo, se enloquece. Nacen rizos en la frente de la mujer hermosa.

Huele a claveles la guitarra.

Se confunden las palmas,

los claveles

y los vítores.

Los aplausos resuenan, ensordecen. Continúan.alhambra el arrebato