Todo y Nada

 todo y nada

A veces duele el corazón, llega uno a sorprenderse de la hondura de ese dolor. Porque cuanto más sordo es, y más solitario, más se percibe duradero.

Cree uno que ha madurado lo suficiente y nunca llega a hacerlo del todo. Vivir es ir muriendo, que decía el poeta.

Cree uno que jamás le sucederá, y sin embargo, a la vuelta de la esquina se encuentra con que no es inmune al desengaño o a esa tristeza que llenaría un pozo de lágrimas de tierra seca.

Porque nos cuesta asumir que alguien no nos quiere. Nos cuesta asumir que dimos más que recibimos, que nos engañaron, o que de algún modo nos estafaron o se rieron de nosotros.

Cuesta asumir que en la balanza dimos más, y recibimos menos, que volveríamos a dar millones de veces más, a ciegas y sin red, y que la historia seguiría repitiéndose.

Cuesta asumir, en definitiva, que no importas, o que importas menos. 

Todo un ejercicio de supervivencia.

Nada, sin embargo, que no pueda maquillarse con una buena capa de pintura.

Anuncios

Familia Numerosa

Imagen

Se pasaban las horas jugando a las canicas, y a las chapas, y a los cromos de picar. Madre no se cansaba de observarlos. Disfrutaba al verlos divertirse jugando a esos  juegos de toda la vida. Dejaban a un lado los juguetes comprados por la abuela o los tíos, y montaban castillos con las cajas. O la hoja de instrucciones se convertía en un improvisado barco, o en un moderno coche. Madre no podía evitar pensar en el gasto inútil: “a la próxima les diré que nada de gastar dinero, nada de tirar la casa por la ventana. No tiene sentido”. Y tenía razón, los niños disfrutaban con la comba, el parchís, el tres en raya, y como no, haciéndose cosquillas o persiguiendo al monstruo de las galletas (que era mamá con el pelo despeinado tapándose parte de la cara). Acabar riendo juntos, los tres, en la cama, hechos un ovillo era el mejor premio. “Los niños se alimentan de amor”, me repetía siendo ya adulta. Cariño y una alimentación saludable, eran suficientes para verlos crecer felices y satisfechos. Y la verdad, madre, que era muy sabia, no andaba muy equivocada en sus apreciaciones. Lo cierto es que no podíamos quejarnos, la vida nos había tratado más que bien. Sobresaliente. Ser desagradecidos hubiera sido de ingratos. Quizás por ese recuerdo agradable de mi infancia  no dudé en espetarle a Jose Alberto, la noche en que se fue la luz, que quería tener familia  numerosa, y que esa noche, sí o sí, procreábamos, como que me llamaba Irene. A Jose Alberto se le pusieron los pelos de punta ante mi propuesta: se negó en rotundo. Sin embargo, unos arrumacos y unas palabras adecuadas hicieron que sus propósitos se desvanecieran en un santiamén. No opuso resistencia.

Tuvimos cinco niñas y dos varones.

 

 

LA NORIA

 

La mañana en que encontraron a Mariela colgada del árbol supe que nunca más volvería a ese lugar.

Mis ojos de niño no podían entender lo que estaba sucediendo, pero algo parecido al instinto me dijo que corriera sin parar a la dirección contraria.

Mariela era la madre de Manuela, mi amiga de juegos de infancia, y nunca supo con exactitud cuál fue el motivo por el que su madre decidió dejar su vida colgada en un árbol y a tres niños de edades tiernas desangelados y sin referentes estables, porque el padre de Manuela, es decir, el marido de Mariela, quedó el pobre hombre con una depresión con la que acarreó el resto de sus días; así que sus niños, entre ellos mi amiga Manuela, tuvieron que pasar a ser cuidados por un aya de color que al parecer tenía unos morros tan grandes como los de la criada de la señorita Escarlata en lo que el viento se llevó.

Imagen

Solo recuerdo que corrí y corrí, tras ver la imagen que se dibujaba ante mis pupilitas grises.

Pasados los años Manuela me decía que la nurse de morros enormes, Margot, que así se llamaba, llegó a comportarse como una auténtica madre.

Nunca más volví porque, aun siendo adulto, sentía una punzada en el corazón cada vez que el carro de padre se acercaba a Jiviro, el pueblo donde reposaban los recuerdos de aquel aciago día. 

Allí, en Jiviro, no solo descansaban los recuerdos, también lo hacían los restos de la madre de Manuela: decidieron dejarla para toda la eternidad  en esas tierras color manzana, y colocaron, al enterrarla, una crucecita, casi imperceptible, encima de un montón de piedras de colores. Esa era la señal que indicaba, en medio de aquella extensión de tierras secas y hambrientas de sed, que el cuerpo de una señora que un día decidió dejar este mundo, yacía bajo la tierra, curiosamente a pesar de haberse colgado sobre ella.

¿Y por qué el montoncito de colores? Le pregunté ya siendo adultos una tarde a Manuela, y ella respondió que por qué no. Desde ese momento mi cuerpo, ajeno a las obligaciones y los deberes morales, a la ética y a todas cuantas restricciones inventadas nos imponen, decidió que Manuela iba a ser la madre de mis hijos.

Con solo abrazarla, olerla, y sentir sus ojos azules descomunales, llenos de agua y vida y luz, el mundo me sabía a mejor lugar, a menos cruel, a margaritas blancas y a sonido de lluvia. A tierra mojada.

Y a noria.

                 

EL VUELO

El vuelo
Esta soledad infinita
que me acompaña,
bajo la sombra
de un abedul gris
de honra y hambre
y experiencia humilde.
Te la regalo.
Ni un paso en falso,
ni uno más.
En este vuelo de plural estío.
Da igual lo que decida la sien
del árbol del olvido.
Ni lo que su derramada
libertad
-en arrojo constante-,
otorgue.