Familia Numerosa

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Se pasaban las horas jugando a las canicas, y a las chapas, y a los cromos de picar. Madre no se cansaba de observarlos. Disfrutaba al verlos divertirse jugando a esos  juegos de toda la vida. Dejaban a un lado los juguetes comprados por la abuela o los tíos, y montaban castillos con las cajas. O la hoja de instrucciones se convertía en un improvisado barco, o en un moderno coche. Madre no podía evitar pensar en el gasto inútil: “a la próxima les diré que nada de gastar dinero, nada de tirar la casa por la ventana. No tiene sentido”. Y tenía razón, los niños disfrutaban con la comba, el parchís, el tres en raya, y como no, haciéndose cosquillas o persiguiendo al monstruo de las galletas (que era mamá con el pelo despeinado tapándose parte de la cara). Acabar riendo juntos, los tres, en la cama, hechos un ovillo era el mejor premio. “Los niños se alimentan de amor”, me repetía siendo ya adulta. Cariño y una alimentación saludable, eran suficientes para verlos crecer felices y satisfechos. Y la verdad, madre, que era muy sabia, no andaba muy equivocada en sus apreciaciones. Lo cierto es que no podíamos quejarnos, la vida nos había tratado más que bien. Sobresaliente. Ser desagradecidos hubiera sido de ingratos. Quizás por ese recuerdo agradable de mi infancia  no dudé en espetarle a Jose Alberto, la noche en que se fue la luz, que quería tener familia  numerosa, y que esa noche, sí o sí, procreábamos, como que me llamaba Irene. A Jose Alberto se le pusieron los pelos de punta ante mi propuesta: se negó en rotundo. Sin embargo, unos arrumacos y unas palabras adecuadas hicieron que sus propósitos se desvanecieran en un santiamén. No opuso resistencia.

Tuvimos cinco niñas y dos varones.

 

 

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EL VUELO

El vuelo
Esta soledad infinita
que me acompaña,
bajo la sombra
de un abedul gris
de honra y hambre
y experiencia humilde.
Te la regalo.
Ni un paso en falso,
ni uno más.
En este vuelo de plural estío.
Da igual lo que decida la sien
del árbol del olvido.
Ni lo que su derramada
libertad
-en arrojo constante-,
otorgue.

24 Horas con Lola

Lola es grande, por fuera y por dentro, como todas las mujeres de su generación. Se recoge en trenza el cabello, y huele a limpio. Su caminar es silencioso, y me encanta escuchar el sonido de su respiración de mujer apaciguada con el cosmos. Por las mañanas observa con una delicadeza sin igual el horizonte desde la ventana de su cuarto. Allá a lo lejos descansan las montañas de su Alcarria, como pechos henchidos de orgullo por el agua y el aire. Viste sencilla, con bata blanca de algodón y manoletinas. Varios periódicos esparramados en la mesa del comedor la esperan mientras desayuna. Le gusta madrugar para comprarlos y leerlos tranquila tras su copioso ágape.

Lola tiene novio. Un hombre sencillo con el que se entiende nada más mirarse. Nicolás. A media mañana se van juntos a caminar por las calles del barrio, y luego realizan ejercicios en el parque, en esas máquinas que colocaron hace poco para personas de la tercera edad. Con Nicolás ha logrado lo impensable: no se exigen, no se dan explicaciones, no fuerzan nada, fluyen el uno en el otro, y el sexo es maravilloso cuando se encuentran. Pasan horas en silencio, acariciándose, tocándose, u observando cada uno de los pliegues de sus cuerpos. Se lamen y huelen, y disfrutan entrelazando manos y piernas, realizando piruetas casi mortales. Las carcajadas de Lola inundan la casa, se matará un día, piensa, haciendo esas monerías de loca de vodevil. Lola sabe que la edad no se mide por las arrugas. Y que las cosas duran lo que deben, sin más. Y así son bienvenidas.

A mediodía come sano, verde, como dice ella, y por las tardes disfruta escuchando música clásica, tumbada en su sillón de masaje. Le apasiona escaparse alguna tarde a ver a las amigas, o regar sus plantas, y acudir a conciertos poéticos. Y por las noches, cuando la llave gira en la cerradura de su puerta y pone el pestillo para irse a dormir, Lola siente la seguridad aplastante de tenerse. Quizás por eso sale tan guapa en las fotos.