LA AUSENCIA

Llegó Rubén. Un joven muchacho de finas manos. Nos sonrió.

Le indiqué el lugar que ocupaba su padre. Todos le observábamos con disimulo.

Con una delicadeza infame fue recogiendo los enseres del escritorio: una pluma, un vaso, varias carpetas, el neceser, cigarrillos, fotografías, el almanaque personalizado y poca cosa más.

Le ayudé a colocarlo todo en una caja pero no llegamos a cruzar una sola palabra. Le di dos besos y dio media vuelta.

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Todo él temblaba, aunque abrazaba la caja con determinación. Cruzó el despacho con una dignidad hiriente, y sin derramar apenas una lágrima nos dijo adiós desde el dintel de la puerta.

No pude evitar sentir un nudo en el estómago, un dolor de alma que no soy capaz de describir, aún lo recuerdo.

Comprendí que la vida, a pesar de lo hermosa, nos hace crecer a golpe de ausencias, y que madurar supone ir muriendo poco a poco. 

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