LLUEVE

llueve

La lluvia cae, insistente pero gris. Apagada. Silenciosa y ajena a su propia existencia. Cae sin pausa, repetida sobre sí misma. Dispuesta no se sabe bien, si a emborronarlo todo o a dejarlo libre de mácula. 

Allá abajo los paraguas se mueven veloces, a trompicones, ocultando verdades y vidas. El caos está servido, y las luces de los coches, en consonancia con los cláxones recrean esa melodía secreta de día de lluvia que conozco bien. 

La gente corre, salta los charcos, acelera el paso. Cada cual perdido en su propia lucha, esquivando el fango, conduciéndose en el devenir de la existencia.   

Desde el duodécimo piso las personas parecemos hormigas. Luchadoras e incansables, constantes y tenaces. 

El sentido y la perspectiva nos distinguen, quiero pensar. Investir de significado nos salva de este absurdo insoportable a veces del vivir. 

Sin embargo, no dejamos de formar parte de un mosaico complejo, áspero y hermoso. Un crisol lleno de luz y fuerza, de vida a raudales. Un todo del que no podemos escapar.

El aroma a café invade el salón desde la cocina. Mmmm, olor a gloria. 

Benditas pequeñas cosas.

Una vez más esa combinación, café y lluvia, recogimiento, le sabe a paraíso lleno de ángeles, a viva la vida, a no quiero perderme ni un segundo de este milagro inexplicable.

Y tiene el firme propósito de no perdérselo.    

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