EL BRINDIS

EL BRINDIS definitivo

Las tardes de domingo colocaba sus enseres encima de la cama: la blusa, la falda, las medias transparentes, la ropa interior y el pañuelo. En el suelo, los zapatos marrones. Sobre el sinfonier, justo al lado del despertador, el anillo, la pulsera y los pendientes que le regaló Roberto.

Se desnudaba despacio y continuaba el ritual, siempre el mismo: se dirigía al cuarto de baño y abría el grifo -un chorro ardiendo, humeante, iniciaba el llenado de la bañera-, la rociaba de jabón Lancaster, encendía dos velas y cerraba el pestillo de la puerta.

Aquella tarde tras desnudarse se soltó el cabello y se miró al espejo.

No le desagradaba la imagen que éste le devolvía. Su tez, una sonrisa amable y unos ojos que todo lo escudriñaban. Su cuerpo, el que tan bien conocía: no había un pedazo de él que no hubiera explorado antes. Ese cuerpo que al compás del tiempo iba envejeciendo, había llegado a adquirir hermosas formas en su madurez; se había convertido en compañero fiel, en fotógrafo de emociones plasmadas con maestría. En él quedaban detalladamente impresas todas y cada una de sus experiencias vitales: una pequeña arruga donde ayer no existió, una ojera donde antaño invadió la luz, una nueva variz, un lunar de más… el mapa de la vida se dibujaba a cada instante en cada gesto.

Al introducirse en la bañera se le erizaron cada uno de los poros de la piel. Con el calor del agua los músculos se le destensaron. Era tal el placer que deseó permanecer así durante horas.

Se masturbó.

Paz y silencio.

Pensó que la felicidad estaba hecha de retales de vida, de momentos como ese.

Sintió que todo estaba en su lugar, donde debía y de la forma que debía. Aceptó sus contradicciones, -daban respuesta a su íntima y paradójica coherencia-, y si los acontecimientos vitales se presentaban de una determinada manera y no de otra, lo serían por alguna recóndita razón que su mente no lograba alcanzar.

Amaba a sus amigos y a su familia, a los niños, a la buena gente, a sus semejantes, al sol y las estrellas, a la luna y al aire que respiraba. Amaba las insignificantes cosas que verdaderamente daban sentido y constituían el quid de la existencia.

Se tapó la nariz, cerró los ojos y metió la cabeza dentro del agua. Tras sacarla se irguió, y con una amplia sonrisa salió de la bañera. Se envolvió el cabello en una toalla y frente al espejo, en ademán parecido a un brindis, se dijo sonriendo: ¡por la vida!

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