El Milagro

el milagro

Claro que existen los milagros. Mi compañera Grisel es el mejor ejemplo.

Ella es sorda. Trabaja de limpiadora en un centro especial de empleo, empresa que da trabajo a personas con discapacidad, y todas las tardes limpia las oficinas de mi organización.

Grisel lee los labios; cuando hablo con ella sus ojos negros, afilados, escuchan las palabras de mi boca.

Por aquellas cosas inexplicables de la piel, siempre he tenido buena sintonía con ella, “feeling” que se diría ahora.

Y es que Grisel me parece una mujer digna de admirar.

Contrasta su estatura chiquita con su grandeza personal. Es discreta, trabajadora, y a pesar de haber tenido una vida poco amable -según me contó en alguna ocasión con gran cautela-, sonríe al mundo con una sonrisa irreductible, férrea, que me admira. Siempre se encuentra en ella una palabra linda, un gesto cariñoso, un guiño.

Grisel es una abuela joven. Habla maravillas de sus nietos y, precisamente porque no los oye, tengo la firme impresión de que los siente de una forma especial, más íntima y rotunda.

Por las tardes, cuando salgo de la oficina y la encuentro limpiando algún despacho, me acerco y la toco, entonces se percata de mi existencia, me sonríe y nos despedimos.

No han sido pocas las veces que me he ido a casa pensando qué será lo que oye dentro de su no escucha. Pensarlo me da vértigo, una sensación de montaña rusa que me cuesta transmitir. Debe ser como estar inmerso en el más absoluto de los silencios, en la soledad más aberrante. En el fondo del mar. Juntos el silencio y tú. Y allá, en el otro lado, el mundo y los otros.

Hacía un par de meses que no sabíamos nada de Grisel. Estaba de baja. Y ayer, al fin, reapareció como una diosa, como una estrella fulgurante, nueva, blanca y espectacular. Con una sonrisa que multiplicaba su habitual sonrisa, y una seguridad en sus gestos y un volver a nacer en cada palabra que emitía que me quedé pasmada.

Grisel había estado de baja porque le habían colocado un implante coclear, y eso, le ha supuesto el milagro de oir. Así que ahora, como una niña descubriendo el mar, está conociendo el mundo, de nuevo, a través de los sonidos.

No se me olvidará esa cara de entusiasmo, de sorpresa absoluta, cada vez que me cuenta que ha escuchado caer su pis por la taza del váter, y el sonido del grifo al abrirlo, y oh, dios santo, ¡las voces de sus nietos!, y la carcajada estridente de su hija… hay momentos, me comenta, que ha de parar, y quitarse el aparato y desconectar, porque es tal el grado de ansiedad que le genera tanto estímulo que le desborda un poco.
Ahora le espera un trabajo voluntarioso y continuado: acudir al especialista, al logopeda, que poco a poco le irá enseñando el significado de muchos de esos sonidos que se convierten en palabras y luego, todas ellas conectadas, en frases con sentido.

Hasta un mando para ponerle volumen, se ríe a carcajada limpia mientras me enseña un aparatejo pequeño similar a un mando de tele.

Y ahí lo tiene, como si tal cosa, el milagro hecho tecnología. En sus manos.

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4 pensamientos en “El Milagro

  1. Como ya te dije en otra ocasión, me parece una historia preciosa, una lección sobre lo que es saber vivir, y contada de la mejor manera posible. Y la imagen, esa expresión… Un abrazo para las dos. O mejor, para las cuatro (Grisel y la chica con niño también).

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