LA PROYECCION

la proyeccion nsNos reuníamos los domingos después de la siesta.
En el salón del comedor nos juntábamos todos: mamá, papá, los abuelos, la señora Edelmira, el cura Ricardo y nosotros nueve.
Con las sillas de la cocina, las del comedor, y muy buena voluntad nos apañábamos. Apiñados como en latas de conserva unos y otros esperábamos expectantes la película de la semana.
A mi, como no, me tocaba siempre cargar con Carlitos, que entonces tendría tres años. Al pobre le daba un trozo de pan con chocolate y aguantaba la sesión como un bendito.
Papá se pasaba cerca de una hora organizando los previos: un enorme proyector (en perspectiva lo recuerdo como un verdadero armatoste) descansaba sobre la mesa, lo desmontaba no sé cómo para montarlo de nuevo con un rollo negro de pelicula que enganchaba en una parte y comunicaba con otra, entonces le daba a un interruptor, una lucecilla se encendía y aquello echaba a andar. Los aplausos eran apoteósicos: imágenes deslucidas, y un sonido bastante pésimo con ruido de chicharras de fondo nos sabían al mejor cine de la historia.

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