EL ARREBATO

En la oscuridad del escenario nada se escucha.

El público espera, expectante, en sus butacas.

Amanece una guitarra española.

Y le sigue, trajeado de volantes blancos y rojos un chorro de nervio y arte.

Los dedos, como caracolillos, se enervan con la fuerza y el ritmo de un son aflamencado sentido y orgulloso. Las piernas, poderosas, descargan con ímpetu piel morena y gitana, sudor de hembra, desgarro, y un cante profundo y misterioso que ilumina la sala, y la enmudece.

Agarra la gitana con descaro la cola del vestido, lo toma, lo deja, vuelve a tomarlo. Enseña muslo y brío y taconeo, adelante, detrás. Moviendo las caderas la sombra se le escapa. Brillan sus ojos, y el pelo negro, recogido en moño bajo, se enloquece. Nacen rizos en la frente de la mujer hermosa.

Huele a claveles la guitarra.

Se confunden las palmas,

los claveles

y los vítores.

Los aplausos resuenan, ensordecen. Continúan.alhambra el arrebato

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