LA NORIA

 

La mañana en que encontraron a Mariela colgada del árbol supe que nunca más volvería a ese lugar.

Mis ojos de niño no podían entender lo que estaba sucediendo, pero algo parecido al instinto me dijo que corriera sin parar a la dirección contraria.

Mariela era la madre de Manuela, mi amiga de juegos de infancia, y nunca supo con exactitud cuál fue el motivo por el que su madre decidió dejar su vida colgada en un árbol y a tres niños de edades tiernas desangelados y sin referentes estables, porque el padre de Manuela, es decir, el marido de Mariela, quedó el pobre hombre con una depresión con la que acarreó el resto de sus días; así que sus niños, entre ellos mi amiga Manuela, tuvieron que pasar a ser cuidados por un aya de color que al parecer tenía unos morros tan grandes como los de la criada de la señorita Escarlata en lo que el viento se llevó.

Imagen

Solo recuerdo que corrí y corrí, tras ver la imagen que se dibujaba ante mis pupilitas grises.

Pasados los años Manuela me decía que la nurse de morros enormes, Margot, que así se llamaba, llegó a comportarse como una auténtica madre.

Nunca más volví porque, aun siendo adulto, sentía una punzada en el corazón cada vez que el carro de padre se acercaba a Jiviro, el pueblo donde reposaban los recuerdos de aquel aciago día. 

Allí, en Jiviro, no solo descansaban los recuerdos, también lo hacían los restos de la madre de Manuela: decidieron dejarla para toda la eternidad  en esas tierras color manzana, y colocaron, al enterrarla, una crucecita, casi imperceptible, encima de un montón de piedras de colores. Esa era la señal que indicaba, en medio de aquella extensión de tierras secas y hambrientas de sed, que el cuerpo de una señora que un día decidió dejar este mundo, yacía bajo la tierra, curiosamente a pesar de haberse colgado sobre ella.

¿Y por qué el montoncito de colores? Le pregunté ya siendo adultos una tarde a Manuela, y ella respondió que por qué no. Desde ese momento mi cuerpo, ajeno a las obligaciones y los deberes morales, a la ética y a todas cuantas restricciones inventadas nos imponen, decidió que Manuela iba a ser la madre de mis hijos.

Con solo abrazarla, olerla, y sentir sus ojos azules descomunales, llenos de agua y vida y luz, el mundo me sabía a mejor lugar, a menos cruel, a margaritas blancas y a sonido de lluvia. A tierra mojada.

Y a noria.

                 

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