CARACOLA

En el colegio le llamaban Microbius. Si echa la vista atrás, no es capaz de evocar el instante justo en que a algún compañero se le ocurrió la idea de nombrarlo así. Transcurridos los años, se sigue preguntando por qué les dio por llamarle de ese modo. Qué crueles los niños se dice a sí mismo, y qué dolorosas las palabras a veces.

Sentado en la arena observa el pedazo azul de mar. Se asemeja a una foto a color: el contraste de cielo y mar resulta perfecto. Ojala pudiera recortar ese trozo de vida y enmarcarlo en la pared de casa.

En sus manos sostiene una caracola. Se la acerca a la oreja y no puede más que sorprenderse ante el milagro: otro océano azul ruge dentro del caparazón. Mientras escucha el son de ese mar escondido, le viene a la mente Natacha, la única amiga que le defendió ante el resto de niños: ¡que no se llama Microbius! ¡se llama Alejandro! ¡es mi amigo! ¡no os metáis con él!. Y pedaleaba con fuerza su bicicleta rosa.

CARACOLA

Pasados los años se reencontraron en la facultad. Luego llegó todo lo demás: el amor, el desamor, el olvido… No entiendo cómo fuiste capaz de irte y dejarme solo, con ese afán de rehacer tu vida.

Se tumbó. La arena cálida resultaba perfecta para relajarse. Colocó la caracola sobre su estómago y observó cómo se movía al ritmo de su respiración. Sube, baja, sube, baja. Cerró los ojos. Se durmió, y al rato la caracola rodó cayendo en la arena.

Soñó con bicicletas, mares templados, y con Natacha. Una sonrisa leve, casi imperceptible, se dibujó en su boca.

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