SADE Y LO IMPOSIBLE

ImagenCuando me dijo la verdad solo fui capaz de zarandearla, aunque le hubiera partido la boca. Esa boca hinchada de sí misma, parecida a una vulva en la plenitud de saberse deseada. Sus palabras me recordaron a Sade y lo imposible, y comprendí que las casualidades no existen, por más que quieran hacernos creer lo contrario.

La dejé sentada en un banco de la estación, esperando el tren siguiente. Sabiéndose vete a saber qué, si una damisela llena de glamour, una zorra dispuesta a todo lo pensable, o una niña aterrada recién llegada de la aldea a la gran ciudad. El corazón me palpitaba con una fuerza inusual, y cuanto más me alejaba de ella más retumbaban en mis oídos sus palabras firmes, contradictorias y envejecidas en su afán de mostrarse inmortales y únicas en su boca.  En ese trayecto que me supo a años avanzando por el andén quise imaginarla senil, con manos temblorosas e inútiles, armada de años y canas. Y por más que quise me resultó imposible. Solo me vencía la gratitud, y una fuerza descomunal que me arrastraba a ella, parecida a la soledad y al odio, unidas a una dosis de deseo animal. Le hubiera partido la boca veinte veces, y otras tantas se la hubiera mordido, y ahí mismo, rodeada de maletas y bolsas, le hubiera hecho repetir sus últimas palabras, mirándome a los ojos. Y en ese momento justo, cuando su boca ensangrentada buscara mis lágrimas de perdón, entonces, la hubiera hundido en el abismo del placer y la locura. 

Me giré a verla antes de entrar al vestíbulo de la estación y ahí seguía sentada, triunfante, creyendo con una fe inquebrantable su verdad, la que de alguna manera formaba parte de la mía. Me quedé escondido, esperándola a  ver desaparecer, y cuando la vi subir al tren cargada de maletas sin perder un ápice de su gracia natural, incorporada en sus zapatos de tacón marrones, no pude mas que sonreir. Pensé que la vida mostraba una vez más su lado cómico y caprichoso, casi cruel.

Me fui.

Una buena ducha, una buena película y una buena cena podrían apaciguar el nudo de mi garganta, la rabia de mi espíritu y el vacío infame de la sospecha.  

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