EL TREN

                                                                                              

botto

 

                                                                                                                                                                                                                          A Raquel, porque H tuvo mucho que ver.

El traqueteo del tren empezó a resultarle agradable, casi sensual.

Sorprendida por esa sensación cerró el libro y levantó la vista. 

A su derecha, se encontraba una señora entretenida haciendo ganchillo, en una especie de colcha que cubría parte de su regazo. Justo en frente, un muchacho castaño de unos treinta años escuchaba música. Era bien parecido e iba  trajeado. Americana y pantalón gris. La miró.

Al lado del treintañero, un hombre maduro. Cincuentón. Nada espectacular. Iba leyendo en ebook, con las piernas cruzadas. Pensó que bien mirado no era del todo feo, aunque tampoco guapísimo. Su piel morena hablaba de un cutis cuidado, manos pulidas y qué carajo, una muy pero que muy interesante boca. Le pongo un siete, rumió. Un siete alto.

Si hubiera tenido que escoger entre los dos se quedaba sin dudarlo con el señor del ebook, dónde iba a parar. La verdad es que no sabía con exactitud qué le encontraba a los señores maduros, pero algunos resultaban de lo más interesantes. Vete a saber. Era una cuestión de índole freudiana, estaba convencida. Digna de estudio del más digno psicoanalista.

Aún recuerda cuando Jaime se enceló, al saber que había perdido la razón por un caballero un puñado de años mayor que él. –¿Qué quieres que te diga Jaime? Si no hay nada que decir. Hay cosas que no tienen explicación, y punto. Y si la tuvieran, no tengo por qué dártela. Lo siento. No es tu batalla.- Jaime se enfadó con ella y nunca más volvió a dirigirle la palabra.

Ese tipo de cosas, estaba segura, no las haría un hombre maduro. Ese tipo de actitudes, entre otras muchas, eran las que les distinguían, lo tenía claro. Si ya lo decía el término: madurez. Como las manzanas en plenitud: rojas y deliciosas, dulces y salvajes.

Se imaginó a sí misma abriendo ligeramente los muslos, ahí, en el tren, como si tal cosa. Dejando entrever sus piernas hembrunas y parte de lo que escondían. Se quitaría los zapatos y se acariciaría los labios, y el pecho, con cuidado. Se soltaría el cabello.

Contrólate, pensó. Se van a dar cuenta. Se rió solo de imaginarlo. Debió escapársele algún gesto porque el treintañero lo interpretó como un guiño cómplice dirigiéndole esta vez una amplia sonrisa. Era guapo.

Bajó la mirada e hizo como que leía de nuevo. De reojo observó cómo el hombre maduro se levantaba para sacar un pendrive del bolsillo. No era ni gordo ni flaco, normal, de mediana estatura, y dueño de unas extremidades delgadas pero no enclenques, aún fuertes. Emanaba olor a limpio y a aftershave caro. 

Un remolino de vértigo terminó de inundarla. 

Se lo haría allí mismo. En ese pequeño vagón, sí, lo haría suyo, entre jadeos y susurros, arañazos y caricias. Besaría sus sienes, y lamería su talento, sus silencios y todas las palabras que emanaran de su boca. Una a una. 

Se acordó de Dante, su admirado protagonista de la película Martin H, y de su  contundente discurso: “A mí no me atraen un buen culo, un par de tetas o una polla así de gorda. Bueno, no es que no me atraigan, ¡claro que me atraen!, ¡me encantan!, pero no me seducen. Me seducen las mentes, me seduce la inteligencia…me seduce una cara y un cuerpo cuando veo que hay una mente que los mueve, que vale la pena conocer…”

Tras acabar se recogería de nuevo el pelo. Se calzaría. Acudiría al aseo a recomponerse, y nunca, nunca más volvería a ver al hombre del ebook.

Volvió a imaginarse a Dante, de nuevo, con su aire sobrado y verdades rotundas, zanjando la historia con otra de sus frases espectaculares y ciertas:  “ninguna mujer tiene dueño”.

Lo había empezado a entender con los años. Bendito Dante.

Se despidió cortésmente de sus compañeros de viaje. –Buenas noches.

 –Adiós, buenas; le contestaron casi al unísono la señora del ganchillo, el hombre del ebook y el treintañero.

Bajó del tren.

Seguía pensando en Dante y en sus palabras colosales. 

Conforme caminaba por el andén, el tren retomaba su marcha. Despacito. Al pasar por su lado, pudo advertir cómo el hombre maduro se despedía de ella por la ventana. Y cómo, mientras le sonreía mostrando una perfecta dentadura, mordía con suavidad  la esquina de su ebook.

 

 

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4 pensamientos en “EL TREN

  1. Amiga Lorena excelente relato, muy bien las descripciones de las de los pensamientos del personaje que hacen ver las imágenes de la narración, un abrazo fraterno amiga

  2. Lorena, ¡¡¡qué bueno está!!! Qué claro, conciso, simple, rotundo… No tiene desperdicios.
    Y las palabras de Dante:
    “Me seducen las mentes, me seduce la inteligencia…me seduce una cara y un cuerpo cuando veo que hay una mente que los mueve, que vale la pena conocer…”
    Soy perversamente exigente. Un beso, amiga.

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